Después de eso hubo una merienda campestre, sobre toallas de playa que entraron en la lavadora con manchas de calimocho, aceite de sardinas y arenas de la playa. Amén. Ya dije: íbamos de cerdos. Una remesa ya con la chaqueta, pues apuraba el rocío y el fresco de la noche de Agosto, y dale que te pego a los juegos de los amigos al tanto de un vaso de cachi. Al rato, los incondicionales de la noche. Gente de AEGEE Oviedo y AEGEE Santander, que por espacio, acampaban a veinte minutos de allí, y la pequeña colonia leonesa les pillaba de paso a la marabunta. Jaja, jeje, y todos juntos por ese bendito puente que a la mañana siguiente vio llegar a los remeros y sus canoas, y que mis ojos, otro año más, vieron en resúmenes por la tele.
A la caída del sol. Regreso a lo mismo del día anterior. Se sentía el cansancio. Se vio en la gente. Pero en todas las calles había gente sin sentido.
El domingo amaneció caluroso, arreando para sacarnos de las tiendas y empacarlas en los coches. En una hilera de cacharras (menos el del hijo que le dejó papá el coche) durante un buen rato nos encaminamos a Gijón, y allí, en San Lorenzo, di por finalizado el fin de semana. No había lugar a bromas. No había energía para reír. En coche a León y por Autopista. No había ni garantías de llegar arriba por Pajares. Íbamos sin ser. Íbamos como idos. Íbamos errantes.
